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Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los participantes en el seminario promovido por el Pontificio Instituto Juan Pablo II para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia
23 de marzo de 1992


Sed bienvenidos a esta Audiencia especial queridísimos componentes del Instituto para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia. Agradezco al Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense el Padre Humberto Betti por las corteses palabras que me ha dirigido y saludo cordialmente al Monseñor Angelo Scola, obispo de Grosseto, al Presidente, Monseñor Carlo Caffarra, a los Miembros del Consejo, a los Profesores a los ex-alumnos y alumnos y a todo el personal no docente.

1. Me es grato acogeros en esta circunstancia que conmemora el inicio de vuestra actividad académica el año 1981-1982. Han transcurrido pues diez años que señalan ya un tiempo conspicuo de trabajo de iniciativas, de investigaciones y, sobre todo de servicio pastoral a la Iglesia, hoy más que nunca empeñada en evangelizar a la familia. El fin de vuestra actividad es el de contribuir al verdadero bien de la comunidad conyugal y familiar y esto implica una parte conspicua del ministerio apostólico de la Iglesia en un momento en el que la dignidad del núcleo familiar está oscurecida por la plaga del divorcio, del así llamado amor libre, de múltiples formas de egoísmo, del crecimiento de los métodos ilícitos de contracepción, de la preocupante difusión de delitos contra la vida.

El mensaje evangélico sobre la familia está hoy en el centro de una atención decisiva para la existencia cristiana y la nueva evangelización. Vosotros lo sabéis, y por esto trabajáis para que no falte a la predicación de la Iglesia la aportación de los conocimientos científicos que facilitan un diálogo concreto y actualizado sobre los temas humanos de la vida conyugal. De tal manera el anuncio sobre la naturaleza y la finalidad de la íntima comunidad de vida y amor conyugal querida por Dios y elevada por Cristo a la dignidad de Sacramento puede encontrar una mejor acogida en el corazón del hombre. “Cristo el Señor ha infundido la abundancia de sus bendiciones sobre este amor, surgido de la fuente divina de la caridad y estructurado sobre el modelo de su unión con la Iglesia”.

Gracias queridísimos hermanos y hermanas por este trabajo delicado e importante que realizáis en el ámbito de vuestro Instituto. Os animo cordialmente a proseguir en el camino emprendido y a llevar adelante los programas que tenéis planeados para el próximo futuro.

2. A diez años de distancia siguen siendo plenamente válidas las razones que han inspirado la decisión de fundar vuestro Instituto. Como está escrito en la Constitución Apostólica Magnum Matrimonii Sacramentum ha nacido “ut veritas Matrimonii et Familiae magis magisque methodo scientifica exploretur(a fin de que la verdad acerca del Matrimonio y la Familia sea indagada con método siempre más científico). La Iglesia, como enseña la Exhortación Apostólica Familiaris consortio tiene la profunda conciencia de su deber fundamental: “omnibus consilium Dei de matrimonio ac familia declarando, cuius plenum vigores et promotionem humana et cristiana in tuto collocet”.

La Iglesia, consciente del propio e irrenunciable deber de promover y defender el proyecto divino del sacramento conyugal, proclama sin descanso ese consilium Dei de matrimonio et familia (proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia) que puede y debe ser reconocido siempre como un don de Dios a la Humanidad. Anunciar este designio divino en su plenitud y autenticidad abre el camino a una verdadera promoción humana y cristiana.

3. Se habla aquí del consilium Dei, del proyecto de Dios, que se revela plenamente en Jesucristo, el Verbo Encarnado, muerto y resucitado. No se trata entonces del consilium hominis, del proyecto del hombre que no pocas veces dista del proyecto divino.

En verdad, sólo en el consilium Dei, en el proyecto de Dios revelado en Jesucristo, el hombre y la mujer que se casan conocen la verdad íntegra de su amor conyugal y sólo en Cristo su libertad es liberada en vista del cumplimiento de tal verdad.

Asistimos hoy al intento de sustituir de una manera tan a menudo taimada el proyecto cristiano de la familia por otros proyectos justificándolos con motivaciones humanas e instancias morales siempre más imprecisas en sus contenidos. Vuestro Instituto debe ser consciente de esto a fin de llegar a ser un lugar de una profunda reflexión teológica, filosófica, científica sobre la misión de evangelizar a la persona humana, en particular al hombre y a la mujer en la comunidad familiar.

Que sea siempre Jesucristo en centro y la luz de vuestras investigaciones, porque en Él se reconoce la verdad íntegra y la plenitud de la voluntad divina, mientras por Él y en Él todo hombre descubre el camino que conduce al verdadero bien y a la auténtica libertad.

4. Teniendo en cuenta el contexto social y cultural de hoy en día, el Instituto debe continuar manteniéndose fiel a la configuración recibida en sus inicios.

Cualquier actualización estará en línea con su misión eclesial tan principal y con espíritu de servicio al hombre. Para responder a su vocación en estos diez años el Instituto ha comenzado a difundirse de diversas maneras también fuera de Roma.

Agradecemos este desarrollo ante todo al Señor y, después, a cuantos lo han hecho posible en concreto. En primer lugar quisiera recordar a los Caballeros de Colón, siempre generosamente dispuestos a salir al encuentro de tantas necesidades de la Iglesia. Se debe a ellos la creación de una Sección del Instituto en los Estados Unidos de América que está representada por su Decano el doctor Carl Anderson y del Asistente Ejecutivo Monseñor Lorenzo Albacete. Deseo de corazón que el desarrollo de vuestra Institución continúe y que se haga presente en otras partes del mundo.

5. Hace diez años confiamos vuestra obra a la celeste Madre de Dios a la Virgen de Fátima. Agradecidos de su continua asistencia renovamos hoy esta entrega de vuestro empeño académico y apostólico. ¡Que continúe siempre velando benigna vuestro trabajo! A Ella imploramos el don de la Luz y la sabiduría evangélica para penetrar en el Misterio de Dios. A Ella, Virgen Madre del Redentor, encomendamos toda vuestra actividad de investigación teológica, social y científica. A Ella confiamos también las fatigas y las expectativas, las preocupaciones y las esperanzas de toda familia.

Con estos pensamientos y con estos votos os imparto a vosotros, a vuestros colaboradores y discípulos y a vuestros seres queridos una especial Bendición Apostólica.