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Por D. Juan de Dios Larrú, profesor de teología moral de la Sección Española y por D. José Noriega, profesor de teología moral especial y Vicepresidente de la Sección Central en Roma.


pres 098Repasar la historia de una institución académica nos puede permitir conocer mejor su inspiración y originalidad específicas. El pasado está continuamente contenido en el presente y nos proyecta hacia el futuro. Es necesario favorecer una comprensión más profunda de la herencia recibida, para afrontar la propia misión con una conciencia más clara del don que lo impulsa. Esta tarea de memoria histórica ha sido ya iniciada de forma sucinta en otras ocasiones. Por este motivo, intentaremos ahora recoger los datos ya existentes para presentarlos de una forma cronológicamente ordenada y que el lector pueda apreciar, de un modo más nítido, los fines de esta joven institución, determinado sus momentos más sobresalientes.

Vamos a presentar la historia del Instituto, subdividiéndola en cinco grandes apartados siguiendo un criterio cronológico: en primer lugar, intentaremos presentar los orígenes del mismo, para conocer cómo nació, cuál fue su inspiración fundacional y cómo dio sus primeros pasos. En segundo lugar, nos detendremos en la primera década de su vida (1981-1991). Estos años representan la etapa en la que el Instituto comienza a darse a conocer, van llegando los primeros alumnos y se va formando un primer cuerpo docente. En tercer lugar, veremos el desarrollo que experimenta en la segunda década (1992-2002). Son años en los que, paso a paso, el Instituto se va extendiendo geográficamente, donde se verifican también los primeros relevos institucionales importantes y donde nacen proyectos de investigación comunes entre los distintos profesores. En cuarto lugar veremos el inicio del nuevo decenio marcado por los últimos años del Pontificado y la muerte de Juan Pablo II. Finalmente, presentaremos la fase actual con la elección de Benedicto XVI como Sucesor de Pedro y la confirmación que él mismo nos ha dado de la misión del Instituto.

Como en la vida de toda familia, en ella encontramos momentos de luces y sombras, tiempos de esperanzas e incertidumbres, y periodos de crecimiento y de madurez. Pero es evidente a lo largo de estos más de veinticinco años la fecundidad de la intuición de su fundador y la capacidad formativa del Instituto, que ha transformado el corazón de tantas personas, matrimonios y familias, iluminando su misión en la Iglesia.

1. El inicio del Instituto

El 13 de mayo de 1981, el mismo día en que sufría el atentado en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II fundaba, junto al Pontificio Consejo para la Familia, el Pontificio Instituto para los estudios sobre matrimonio y familia que todavía lleva su nombre. Las palabras que tenía pensado pronunciar en aquella audiencia revelan con claridad su personalísima intención originaria: “He decidido fundar en la Pontificia Universidad Lateranense, que es la Universidad de la diócesis del Papa, un Instituto internacional de Estudios sobre matrimonio y familia que comenzará su actividad académica en el próximo octubre. Dicho Instituto se propone presentar a toda la Iglesia la aportación de la reflexión teológica y pastoral sin la que la misión evangelizadora de la Iglesia se vería privada de una ayuda esencial. Será un lugar donde la verdad sobre el matrimonio y la familia se estudien a fondo a la luz de la fe y con la contribución también de las distintas ciencias humanas”. En estas palabras se percibe cómo el Instituto nace de un carisma personal y una intuición original del mismo Pontífice. El objeto de la iniciativa no es crear un instituto más entre los muchos ya existentes sobre matrimonio y familia, sino instituir un espacio privilegiado para profundizar en el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia.

Tanto la vocación universal del Instituto cuanto la conexión entre reflexión y misión evangelizadora de la Iglesia son subrayados de nuevo con más precisión, el 19 de diciembre de 1981, con ocasión del primer encuentro con los profesores y estudiantes del Instituto recién nacido, el Papa explicitaba la intención y el objetivo que pretendía en los siguientes términos: “He querido yo mismo este Instituto, atribuyéndoos una particular importancia para toda la Iglesia. En efecto, él está llamado a ser un centro superior de estudios y de investigación al servicio de todas las comunidades cristianas, con una finalidad precisa: profundizar cada vez más en el conocimiento de la verdad del matrimonio y de la familia a la luz conjunta de la fe y de la recta razón. Esta verdad debe ser objeto de toda vuestra investigación científica, profundamente conocedores de que sólo la fidelidad a ella salva completamente la dignidad del matrimonio y de la familia”.

En este discurso, se pone singularmente de manifiesto la importancia de colocar a la base de la reflexión del Instituto una sólida y adecuada antropología, que comprenda la completa verdad sobre la persona humana. Esta antropología integral, que tiene como objetivo profundizar en el misterio del hombre sin falsos reduccionismos, ha de tener como luz el Misterio del Verbo Encarnado (GS 22). Unida a esta reflexión antropológica ha de desarrollarse la reflexión moral, asimismo esencial para el Instituto.

Conviene caer en la cuenta del contexto histórico en el que se enmarcan estas palabras. En efecto, apenas un mes antes, el 22 de noviembre de aquel mismo año, el Papa había publicado la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, fruto de los trabajos del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980. El relator del sínodo fue el Cardenal J. Ratzinger, que valoró del siguiente modo la publicación de la exhortación: “El texto es un estímulo para los cristianos y al mismo tiempo una gran tarea”.

Es bien conocido que, como preparación a este sínodo, Juan Pablo II había comenzado a pronunciar una serie de catequesis que se extendieron desde el 5 de septiembre de 1979 hasta el 28 de noviembre de 1984, durante las audiencias de los miércoles, con dos únicas interrupciones debidas al atentado de 1981 y al año de la redención de 1983. Un total de 134 catequesis, distribuidas en seis ciclos. Con ellas, el Papa deseaba “acompañar desde lejos” los trabajos preparativos del Sínodo sobre los Deberes de la familia cristiana (De muneribus familiae christianae). Es significativo cómo con estas catequesis, Juan Pablo II no quiso abordar directamente el tema del Sínodo sino que concentró su atención en las profundas raíces de las que brota la propuesta sinodal. Esta intención del Pontífice de ir a la raíz para desde ella iluminar la cuestión del matrimonio y la familia se debe a varios motivos: su pasión por el Evangelio del matrimonio y la familia, su compasión por la situación actual de la familia y la ayuda pastoral que la Iglesia le debe dar. Ya en el discurso a las familias, con motivo de la celebración del Sínodo, mostró claramente la necesidad de volver a dar la confianza a las familias. Estas catequesis son para el Instituto como el documento fundante e inspirador, y constituyen una auténtica novedad metodológica y teológica, aún en buena parte por conocer, asimilar y difundir.

La inspiración del Instituto nace, pues, unida a la vocación y carisma personal de Karol Wojtyla. Ya como joven sacerdote, Karol sintió una llamada interior a dedicarse a preparar a los jóvenes para el matrimonio, a mostrarles la belleza del amor humano: “hay que enseñarles el amor (...) pues si se ama el amor humano, nace también la necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso»”. La experiencia de K. Wojtyla con estos jóvenes que él denominaba “su pequeña familia” (rodzinka), que posteriormente dio lugar a un entorno (Srodowisko) más numeroso, muchos de ellos casados entre sí, a los que prestaba una atención pastoral extraordinaria, es como el sustrato sobre el que irá creciendo su interés por el matrimonio y la familia. Es en esta experiencia personal donde se le muestra a Karol cómo todo hombre se revela en su unicidad e irrepetibilidad en la familia, cuyo fundamento es el matrimonio.

La intuición de Juan Pablo II al fundar el Instituto que lleva su nombre tiene su origen, por tanto, en su propia experiencia sacerdotal que sabe conjugar la reflexión teológica, filosófica y científica con una constante atención pastoral al matrimonio y la familia. Esta intrínseca relación entre pensamiento y vida, entre teología y pastoral, es verdaderamente decisiva para comprender la originalidad de esta institución, que ha de profundizar siempre más en el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia. El Concilio Vaticano II que Juan Pablo II vivió en primera persona de un modo muy intenso, y particularmente el capítulo “Dignidad del matrimonio y de la familia” de la constitución Gaudium et spes, y la posterior publicación de la encíclica Humanae vitae (25.VII.1968) de Pablo VI, se encuentran siempre como en la raíz de la reflexión del Pontífice sobre el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. La necesidad creciente de un desarrollo orgánico de la teología del matrimonio y de la familia, a partir de estos documentos, es lo que va conduciendo a desplegar todos los medios para alcanzar este fin.

La actual visión inmanentista y secularista del matrimonio y la familia, de sus valores y exigencias, se funda en el rechazo de la fuente divina, de la que proceden el amor y la fecundidad de los esposos, y que expone hoy al matrimonio y la familia a disolverse incluso como experiencias humanas. Para superar esta visión, resulta decisivo profundizar en el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia.

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2. La primera década del Instituto (1981-1991)

Con el objetivo de nombrarle primer Presidente del Instituto, Juan Pablo II llama de Milán a don Carlo Caffarra. Nacido el 1 de junio de 1938, ordenado sacerdote el 2 de julio de 1961, Caffarra obtiene el Doctorado en Derecho Canónico en 1967 en la Pontificia Universidad Gregoriana con una tesis titulada: “Los fines del matrimonio en el derecho romano” y dos años más tarde, en 1969, la especialización en Teología Moral en la Academia Alfonsiana con un trabajo titulado: “Teología moral y ciencias positivas”.

El 14 de octubre de 1981 tenía lugar el primer acto académico del Instituto en Castelgandolfo, con el Papa todavía visiblemente fatigado por la larga convalecencia tras el atentado. A este acto acudieron el recién nombrado Presidente del Instituto, Mons. Carlo Caffarra, junto a los primeros profesores Stanislaw Grygiel, Ramón García de Haro, Ana Capella, etc. El profesor García de Haro recuerda cómo, terminado el acto académico, en la cena que les ofreció Juan Pablo II, el Papa pronunció en voz baja las siguientes palabras: “la tragedia del hombre de hoy es que ha olvidado quién es: ya no sabe más quién es”. La pérdida de identidad del hombre contemporáneo afecta de un modo particularmente directo al matrimonio y la familia. Por eso, Juan Pablo II insistirá en la necesidad de una antropología adecuada, integral, completa, capaz de devolver al hombre la verdad de su propia identidad.

Al año siguiente, el 7 de octubre de 1982, el Instituto recibía su configuración jurídica, a través de la Constitución Apostólica “Magnum matrimonii sacramentum”. El fin que le señala su mismo fundador es que la verdad acerca del matrimonio y la familia sea indagada con método siempre más científico. Textualmente se afirma que es instituido “a fin de que la verdad acerca del Matrimonio y la Familia sea indagada con un método siempre más científico, y para que los laicos, religiosos y sacerdotes puedan recibir al respecto una formación científica, ya sea filosófico-teológica, ya sea en las ciencias humanas, de manera que su ministerio pastoral y eclesial venga desarrollado de modo más adecuado y eficaz para bien del Pueblo de Dios.” Además es también significativo el hecho que Juan Pablo II en esta Constitución Apostólica confíe el Instituto bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen María de Fátima, por coincidir esta memoria con la fecha del atentado en la plaza de S. Pedro.

La novedad del Instituto no se refleja únicamente en el contenido y el método de investigación, sino que ésta se expresa también en su configuración jurídico-institucional. Se trata de un único centro, pero al mismo tiempo se articula en los diversos continentes a través de la figura jurídica de las secciones. De este modo, a partir de la erección de la sección central en Roma, el Instituto ha ido extendiéndose a los cinco continentes con sedes en Washington (Estados Unidos), Méjico y Guadalajara (México), Valencia (España), Salvador de Bahía (Brasil), Cotonou (Benin), Changanacherry (India), Melbourne (Australia). No se trata de centros independientes, afiliados o agregados entre sí federativamente, sino que forman todos ellos una única institución en la pluriformidad de sus secciones. De este modo, se fomenta y cultiva la dinámica de comunión con un constante intercambio entre las diferentes secciones, que corresponde al principio de la unidad en la pluriformidad, que se ha mostrado tan fecundo en estos años.

Tras los tres primeros cursos, en el año 1985, nace la revista del Instituto, Anthropos, que a partir del año 1987 tomará el nombre de Anthropotes. Órgano oficial del Instituto, es una publicación científica, con periodicidad semestral, que pone a disposición de los estudiosos las reflexiones que se van elaborando en el trabajo académico y de investigación.

Precisamente este mismo año, el 28 de octubre de 1985, tiene lugar las primeras defensas de tesis doctorales. La primera de ellas es la de Don Livio Melina, nombrado Presidente del Instituto en enero de 2006. Melina fue el primer doctorando de Carlo Caffarra y en el acto de su defensa estuvo presente el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para la que había comenzado a trabajar el doctorando. El trabajo fue publicado bajo el título: “El conocimiento moral. Líneas de reflexión sobre el Comentario de Sto. Tomás a la Ética a Nicómaco”, y constituye una contribución en el campo de la moral fundamental, al poner de manifiesto la originalidad del conocimiento moral según Santo Tomás de Aquino.

Estos primeros resultados en el campo de la teología moral, dieron fruto en los años sucesivos con la celebración de dos importantes congresos internacionales de Teología Moral, organizados conjuntamente por el Instituto y el Centro Académico Romano de la Santa Cruz. Si el primer congreso tuvo como objetivo reflexionar sobre la verdad moral, el segundo, organizado con motivo del XX aniversario de la publicación de la encíclica Humanae vitae, constató el carácter verdaderamente profético de la misma y la necesidad de continuar favoreciendo la comprensión del documento. Ambos congresos culminaron con sendos discursos de Juan Pablo II, el 10 de abril de 1986 y el 12 de noviembre de 1988 respectivamente, en los que el Papa insistió en la estrecha relación verdad-libertad. De este modo, se comenzaba a abordar la temática de lo que posteriormente constituiría uno de los pilares de la Encíclica Veritatissplendor, cuya publicación fue anunciada solemnemente poco más tarde, en la carta apostólica Spiritus Domini del 1 de junio de 1987, con ocasión del segundo centenario de la muerte de San Alfonso María de Ligorio.

En la primavera de este año 1988 se crea la sección internacional de Washington, al frente de la cual se nombra al profesor Carl A. Anderson como Vicepresidente. El actual decano de la sección estadounidense es el profesor D. L. Schindler.

El 15 de agosto de 1988, Juan Pablo II publica la carta apostólica Mulieris dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del Año Mariano. La profundización antropológica que se lleva a cabo en este documento, tiene un hondo eco en la reflexión del Instituto sobre la relación diferencial varón y mujer.

El 14 de noviembre de 1989, Gilfredo Marengo, hoy profesor estable de la Sección Central del Instituto, defiende su tesis doctoral bajo el título “Trinidad y creación. Un estudio en la teología de Tomás de Aquino”. Su director fue el entonces profesor Angelo Scola, hoy Patriarca de Venecia. La importancia de este trabajo estriba en la profundización que realiza en el campo de la teología dogmática, en particular en la teología de la creación, a la luz de su fundamento trinitario. En este sentido, las catequesis de Juan Pablo II habían apuntado ya a la necesidad de una profunda reflexión sobre el “misterio del Principio” como base de una antropología teológica integral.

Una tercera tesis relevante es la defendida el 24 de octubre de 1990 por Claudio Giuliodori, hasta ahora profesor de Teología Pastoral en la Sección Central del Instituto y recientemente nombrado Obispo de Macerata. Su tesis va a estudiar otra temática importante, la de la inteligencia teológica de la polaridad sexual. Dirigida también por el entonces profesor Scola, el estudio recurre, para afrontar el tema, a dos teólogos contemporáneos bien representativos: por una parte, Hans Urs von Balthasar que ha sabido elaborar una amplísima teología en la que el tema esponsal adquiere una gran relevancia gracias a la importancia que concede a la analogía; por otro lado, Pàvel Evdomikov, que fue un laico ruso casado, padre de dos hijos, uno de los más destacados representantes de la teología ortodoxa contemporánea. Como a von Balthasar, también a Evdomikov el tema esponsal le inspira la mayor parte de sus obras. La pasión por los Padres de la Iglesia une a ambos autores y consiente un original estudio donde se pone de relieve cómo el fundamento trinitario, cristológico y eclesiológico de la teología esponsal puede enriquecer una teología del matrimonio y la familia.

Esta primera década se cierra con el balance y la reflexión sintética de Carlo Caffarra. En su valoración conviene destacar la siguiente afirmación que pone de relieve la creciente importancia de la cuestión moral: “En la cultura contemporánea asistimos a dos hechos significativos que asumen carácter de desafío para el Instituto. Por una parte, se da una revalorización de la ética que permanece, sin embargo, ambigua, porque se trata de una ética desgajada de la pregunta sobre el sentido de la vida y que, si se secunda acríticamente por la Iglesia, corre el riesgo de una mortificación moralista de la verdad cristiana. Por otra, se ha ido radicando en la conciencia de muchos creyentes la convicción que aceptar el Magisterio moral de la Iglesia (sobre todo en el campo de la sexualidad) no es ya relevante para la pertenencia a ella. ¿Qué reto se lanza de semejante situación para nuestro Instituto? Se tiene la impresión de no tener de frente un destinatario que rechace algo que ha entendido muy bien, sino más radicalmente de la fuga del destinatario mismo o mejor, de tener delante un sujeto que ha errado las categorías de comprensión. Por tanto se deberá evitar toda separación entre Evangelio y ética, y se deberá recolocar profundamente la ética en el misterio cristiano”.

En el encuentro con el Santo Padre, el 23 de marzo de 1992, con motivo de los diez primeros años de vida del Instituto, Juan Pablo II señala en su alocución cómo la tarea del Instituto es especialmente necesaria para la evangelización de la familia. En este sentido, la Iglesia no se cansa de anunciar el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia porque “sólo en el consilium Dei, en el proyecto de Dios revelado en Jesucristo, el hombre y la mujer que se casan conocen la verdad íntegra de su amor conyugal y sólo en Cristo su libertad es liberada en vista del cumplimiento de tal verdad.

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3. La segunda década del Instituto (1992-2002)

El primer evento significativo de la segunda década del Instituto es la publicación sucesiva de tres documentos de gran relevancia para la profundización sobre el matrimonio y la familia: la Encíclica Veritatis splendor (6.VIII.1993), la Carta a las familias (2.II.1994) y la Encíclica Evangelium vitae (25.III.1995).

La Encíclica Veritatis splendor es el primer documento del Magisterio de la Iglesia que trata específicamente de la moral fundamental. La creciente importancia de la moral en el mundo contemporáneo, junto a la necesidad de ofrecer un discernimiento acerca de algunas corrientes de renovación de la teología moral no conformes a la doctrina católica, condujo a la redacción y publicación de este documento.

En estrecha relación con la recepción teológica de esta encíclica, y para proseguir en la dirección de las pistas de investigación que el documento abre, el 7 de febrero de 1997 se crea en el Instituto el Área de Investigación en Teología Moral Fundamental. Este grupo de estudiosos, a partir de algunas sintéticas tesis elaboradas a raíz del estudio de la encíclica Veritatis splendor, va a organizar a partir de 1998 un coloquio internacional anual en el que participan diferentes especialistas con el que este grupo de investigadores se confronta. Como fruto de este trabajo, se han publicado ya las actas de los siete primeros coloquios organizados que constituyen una valiosa contribución para el desarrollo de la renovación de la teología moral fundamental. Un valor del todo relevante adquiere el congreso organizado por este grupo de estudiosos, los días 21-23 de noviembre del 2003, con motivo de los diez años de la publicación de la Encíclica. Desde una comprensión unitaria del documento, y valorando especialmente las afirmaciones y vías de renovación abiertas, en un clima de verdadero diálogo teológico y con una extraordinaria participación de especialistas de todo el mundo, el congreso puso de relieve la fecundidad de la encíclica para la renovación de la teología moral.

Además de todo ello, son ya numerosas las tesis doctorales defendidas en torno al Área de investigación en estos años, muchas de ellas bajo la dirección de Livio Melina. Las primeras son especialmente importantes, particularmente la del profesor Juan José Pérez-Soba, actualmente catedrático de moral fundamental en la Facultad de San Dámaso de Madrid y en la sección española del Instituto, la del profesor José Noriega, actualmente Vicepresidente y Profesor estable del Instituto en Roma, la de Jean-Charles Nault, OSB, que recibió el premio Henri de Lubac el año 2004, premio que otorga la embajada francesa ante la Santa Sede, y que ha recibido también, en el año 2007, Brice de Malherbe. Conviene además señalar la tesis de Stephan Kampowski, actualmente profesor de Ética en la Sección Central.

Con ocasión de la celebración del Año de la Familia promovido por la ONU, el año 1994, Juan Pablo II escribe el 2 de febrero de aquel mismo año, la Carta a las familias, Gratissimam sane, dirigida a cada una de las familias del mundo. En ella, el Papa afirma que la familia es el camino de cada hombre, el camino de la Iglesia. La familia es una comunidad singular, pues es una comunión de personas. Esta comunión de personas que tiene su origen en el amor conyugal, se completa y se perfecciona dilatándose en los hijos. Las relaciones padres-hijos son contempladas a la luz del cuarto mandamiento. El término clave de este precepto es la honra. Honrar significa reconocimiento convencido de la persona, una entrega sincera de la persona a la persona, y por ello honra y amor convergen.

El tercer documento importante es la Encíclica Evangelium vitae, publicada el 25 de marzo de 1995. Unida a la recepción de este documento, se encuentra la presentación inaugural del Instituto en España, pues a propósito de la encíclica se organizó un Congreso sobre la encíclica Evangelium vitae los días 16-18 de noviembre de 1995. La sede española del Instituto se encuentra en la ciudad de Valencia. El interés mostrado por D. Juan Antonio Reig Plá, actual Vicepresidente de la Sección Española, que por aquel entonces era delegado de pastoral familiar de la Archidiócesis de Valencia, condujo a que la sede española fuera la ciudad levantina. Como reconocía no hace mucho Mons. García Gasco, arzobispo de Valencia, cada vez que se encontraba con el Papa, la primera pregunta que le hacía siempre era la misma: “¿cómo va el Instituto en Valencia?”

El 8 de septiembre de 1995, Juan Pablo II nombra a Mons. Carlo Caffarra, hasta entonces Presidente del Instituto, Arzobispo de la diócesis de Ferrara-Comacchio. El Vicepresidente durante el trienio 1993-1996, Mons. Massimo Camisasca, fue el encargado de dar la noticia al Instituto del nombramiento del Papa. Caffarra fue ordenado obispo el 21 de octubre de aquel mismo año. Días antes, el Pontífice enviaba una carta de ánimo y agradecimiento por la labor desempeñada al frente del Instituto. Con este nombramiento se cierran los primeros quince años de vida del mismo, en los que Mons. Caffarra supo hacer de padre, pues no solamente acompañó el nacimiento del nuevo Instituto, sino que también favoreció su posterior crecimiento, tanto coordinando la creación de un cuerpo de profesores en Roma cuanto promoviendo la creación de las primeras sedes de Washington (1988), Ciudad de Méjico y Guadalajara (1992), y Valencia (1994). La contribución científica de Carlo Caffarra para el Instituto se sitúa en el ámbito de la teología moral fundamental. En unos años en los que las dificultades para abrir caminos de renovación eran más que patentes, Caffarra supo contribuir originalmente a este deseo de renovación expresado en el Concilio Vaticano II, ofreciendo sobre todo en su obra “Vida en Cristo” una estimulante visión de la moral siguiendo las huellas de su maestro Santo Tomás de Aquino e incorporando las intuiciones de algunos insignes teólogos contemporáneos, particularmente de H. Urs Von Balthasar. Junto a esta obra hay quedestacar también “Ética general de la sexualidad” en la que con la claridad y concisión que le caracterizan, ofrece una síntesis antropológicamente fundada de la ética de la sexualidad.

Para sustituir a Mons. Caffara, Juan Pablo II nombra el 29 de septiembre de 1995 a Mons. Angelo Scola, que era ya desde el 24 de julio de 1995 Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense. Con ello el Papa une en una sola persona la figura del Presidente del Instituto y el Rector de la Universidad. Mons. Scola, nacido en 1941, ordenado sacerdote en 1970, es Doctor en Filosofía por la Universidad Católica de Milán y en Teología por la Universidad de Friburgo (Suiza). Él había sido nombrado Obispo de Grosseto el 20 de julio de 1991 y ordenado el 21 de septiembre del mismo año. El lema episcopal que eligió fue el dicho de S. Pablo «Sufficit gratia tua» (cfr. 2Co 12,9, «Basta tu gracia»).

Como Vicepresidente para el trienio 1997-2000 fue designado Mons. Jean Laffitte. Especialista en temas de moral y espiritualidad, ha sido nombrado recientemente, el 24 de enero de 2006, Vicepresidente de la Pontificia Academia para la Vida. El 9 de mayo de 1996, con ocasión del decimoquinto aniversario del Instituto, el Papa recibe de nuevo en audiencia a los profesores y alumnos del Instituto, junto a los miembros del Pontificio Consejo para la Familia. En su alocución, Juan Pablo II recuerda que la familia debe ser puesta en el centro de los planes diocesanos y nacionales porque “el futuro de la humanidad pasa por la familia” (FC 86). La profundización académica con rigor científico, según una visión correcta de la antropología humana iluminada por el Evangelio, es particularmente necesaria. Por ello, el Papa considera que hacía falta un Instituto de nivel superior donde los estudiantes recibieran una preparación específica para poder, a su vez, –ya sea como profesores, ya sea como animadores de la pastoral familiar en las diversas áreas geográficas-, contribuir a enriquecer la vida de los fieles haciéndoles descubrir la vocación a la santidad de los cónyuges y de los demás miembros de la familia. De ahí que Juan Pablo II animara a continuar el trabajo iniciado en la formación de personas así como la expansión siempre mayor del Instituto.

Del 22 al 27 de agosto de 1999, se organiza en Roma una Semana Internacional de Estudio, que cuenta con la presencia de 114 profesores de todo el mundo y 30 doctorandos y colaboradores. Durante la misma se profundiza en la naturaleza, contenido y método interdisciplinar propios del Instituto, compartiendo los mejores resultados de las investigaciones llevadas a cabo en los diferentes campos. El trabajo se divide en cuatro áreas: antropología teológica, antropología filosófica, moral y sociología. Un número extraordinario de la revista Anthropotes recoge estos trabajos, que son como un punto de referencia precioso, tras los primeros 18 años de vida del Instituto.

Como conclusión de esa semana, el 27 de agosto de 1999, el Papa recibe a sus participantes en su residencia de Castelgandolfo. En su importante discurso, Juan Pablo II mira el futuro, constatando que la provocación de la mentalidad secularista es ahora, en cierto sentido, más radical sobre la persona, el matrimonio y la familia.

El desafío al inicio del tercer milenio al que ha de dar respuesta el Instituto es, por ello, esa inaceptable división entre libertad y naturaleza la que produce la consideración del cuerpo, de la diferencia sexual y las mismas facultades procreativas como puros datos biológicos. Para responder al desafío, Juan Pablo II propone una ulterior profundización en el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia, y sugiere algunas perspectivas en esta dirección. La primera se refiere al fundamento del misterio trinitario como fuente última del ser y clave última de la antropología. La segunda se refiere a la vocación del hombre y la mujer a la comunión. La tercera a la realidad sacramental de la Iglesia y la cuarta a la relación persona-sociedad. Todas ellas tienen como punto de convergencia una referencia cristocéntrica. Estas perspectivas han de articular las áreas teológica, filosófica y de las ciencias humanas que son necesarias para la visión orgánica del matrimonio y la familia.

La notable insistencia en la necesidad de partir siempre de la unidad del designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia, haciendo posible una investigación y una enseñanza interdisciplinares, es una nota importante en todos los discursos y alocuciones de Juan Pablo II al Instituto en orden a superar la creciente deconstrucción del matrimonio y la familia.

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4. Los inicios del tercer decenio

El 3 de marzo de 2001, Juan Pablo II nombra secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos a Marc Ouellet, profesor estable de teología dogmática del Instituto, asignándole la sede episcopal de Agropoli. Posteriormente, el 15 de noviembre de 2002 es nombrado Arzobispo de Québec, primado de Canadá. Por último, el 28 de septiembre de 2003, es elegido cardenal. De este modo, culminaba el trabajo científico del profesor Ouellet en el Instituto, desde que llegó al mismo en 1996.

El 10 de mayo del 2001 pronunció su lección de despedida en el Instituto el profesor G. Zuanazzi. Nacido en 1930, profesor de psiquiatría en la universidad de Milán, es autor de numerosas obras en el campo de la psicología y de la psiquiatría.

El 31 de mayo del 2001, el Papa recibe nuevamente en la Sala Clementina a los profesores y estudiantes del Instituto con motivo del vigésimo aniversario del mismo. Tras las palabras de saludo del Presidente Mons. Scola, tomó la palabra el profesor Grygiel que leyó al Papa una poesía escrita por Karol Wojtyla y dedicada a S. Estanislao, evangelizador de Polonia. En ella se expresaba de modo maravilloso cómo la sangre de su martirio había sido más fecunda para la difusión de la fe que toda su predicación en tierras polacas. Con un claro paralelismo, el profesor Grygiel quería transmitir al Papa que también su sangre había sido muy fecunda para la extensión y difusión del Instituto. Stanislaw Grygiel es el único de los profesores que ha conocido la vida del Instituto desde su inicio y es, por ello, un testigo privilegiado del mismo, pues además ha sido amigo personal de K. Wojtyla y un discípulo singularmente cualificado en el desarrollo de la relación entre filosofía y poesía. Está casado y es padre de dos hijos. Su pensamiento, siempre original, brota de su permanente contacto con las fuentes clásicas, con una inclinación preferencial por la filosofía de inspiración platónica. Su reflexión filosófica en el Instituto ha girado en torno a la categoría clave de “communio personarum”. Actualmente, el profesor Grygiel es el director de la “Cátedra Wojtyla” inaugurada en el Instituto el 14 de octubre de 2003 para profundizar en el pensamiento filosófico, teológico y poético de K. Wojtyla.

Retornando a la audiencia del 31 de mayo de 2001, Juan Pablo II retomó en su alocución, algunos textos claves de intervenciones precedentes como la necesidad de no olvidar el “principio” de la creación del hombre como varón y mujer para no oscurecer la singular dignidad de la persona humana. Este oscurecimiento propicia una “cultura de la muerte”. Para superarla, es preciso promover una cultura de la familia que contribuya a desarrollar la “cultura de la vida”. Ya en su importante discurso a la Unesco el año 1980, Juan Pablo II afirmaba que “cultura es aquello por lo que el hombre llega a ser más hombre, «es» más, accede más al ser”. Como ya hemos señalado, en FC 86 apuntaba también en esta misma dirección: “el futuro de la humanidad pasa a través de la familia”. Esta alusión a la necesidad de promover una cultura de la familia ha sido recibida en el Instituto a través de la organización de seminarios y de algunas publicaciones.

En el mes de Julio del 2001 se instituye la sede australiana del Instituto en la ciudad de Melbourne. Como Vicepresidente al frente de la misma se nombra al Profesor P. Anthony Fisher, OP que pocos años después será nombrado Obispo Auxiliar de Sydney. Actualmente, el Director de tal centro es S.E. Mons. Peter J. Elliott, recientemente nombrado Obispo Auxiliar de Melbourne.

En el año 2001 se erigen tres nuevas secciones del Instituto que durante los años precedentes funcionaban como centros asociados. La Sección Brasileña está en Salvador de Bahía e imparte el programa del Máster en Ciencias del matrimonio y la familia. La Sección India del Instituto se encuentra en Thuruty, en la Archidiócesis de Changanacherry (Kerala, India). La Sección para África francófona tiene su sede en Cotonou, en la República de Benín. En estas dos últimas secciones se imparten actualmente los programas de Licencia en Sagrada Teología del matrimonio y de la familia y del Máster en Ciencias del matrimonio y la familia.

El 5 de enero de 2002, S.E. Mons. Angelo Scola es nombrado patriarca de Venecia y posteriormente, el 28 de septiembre de 2003, junto a M. Ouellet, es creado Cardenal. Junto a su incansable capacidad propositiva y organizativa, la permanente atención al diálogo con la cultura contemporánea, la gran contribución científica del Cardenal Scola para el Instituto ha sido la elaboración de una propuesta antropológica sistemática, centrada en el misterio nupcial. Bajo esta categoría se entrelazan la diferencia sexual, el don de sí y la fecundidad del amor, como una tríada de elementos inseparables de este misterio nupcial, que tiene una referencia cristocéntrica fundamental. Inspirándose en la obra teológica de Von Balthasar, y teniendo presentes sus tres binomios: espíritu-cuerpo, hombre-mujer e individuo-colectividad, como determinantes de la estructura fundamental del hombre como identidad y diferencia, la reflexión de Scola se enriquece con nuevas intuiciones a la luz del magisterio de Juan Pablo II, sobre todo en lo que respecta al valor antropológico de la experiencia elemental. El modo como el hombre interpreta sus experiencias básicas, originarias resulta decisivo para elaborar una antropología adecuada. En su última lección de despedida en el Instituto, el 10 de diciembre de 2002, se nos ofrece de manera sintética su intelección del misterio nupcial.

Para conocer la rica contribución científica del cardenal Scola puede consultarse la valiosa y completísima bibliografía de sus publicaciones, actualizada hasta el 15 de septiembre de 2001, que ha sido posteriormente ampliado hasta el año 2003 en el libro de homenaje sobre el misterio nupcial, ofrecido al cardenal Scola por distintos profesores del Instituto.

Como sucesor suyo, Juan Pablo II nombra Rector de la Pontificia Universidad Lateranense y Presidente del Instituto a S.E. Mons. Rino Fisichella. Nacido en 1951, realizó sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, especializándose en Teología Fundamental, siguiendo la teología de Hans Urs von Balthasar. Desde su campo específico, Mons. Fisichella continuará con la línea de sus predecesores, insistiendo en la importancia de un verdadero diálogo con el mundo contemporáneo a través de una profundización de la dimensión natural del matrimonio y la familia. Con su iniciativa se inició un trabajo interno de los profesores de la Sección Central enriquecido posteriormente por los profesores de todas las otras secciones del Instituto, para sintetizar las perspectivas de investigación y de enseñanza que ofrece el Instituto. Este trabajo ha permitido una conciencia mucho mayor de la unidad de la enseñanza del Instituto y permite ofrecer una visión clara y abierta de la conexión de las ciencias que se ocupan del matrimonio y la familia. Por otra parte, la Sección Central se enriquece con una nueva biblioteca en sus locales. En estos años tienen inicio nuevos contactos con conferencias episcopales para la apertura de nuevas secciones entre las cuales están Zambia y Líbano.

El 2 de abril de 2005, tras una larga y penosa enfermedad, en las Vísperas de la Fiesta de la Misericordia en la Octava de Pascua moría el fundador del Instituto, Su Santidad Juan Pablo II. El impresionante testimonio de entrega hasta el final, asumiendo plenamente consciente el sufrimiento y la realidad de su muerte, fueron para el mundo entero un hecho extraordinario, una lección de fidelidad y entrega. Durante aquellos días se manifestó, quizás más que nunca, la impresionante paternidad de Juan Pablo II para la Iglesia y para el mundo. Mientras miles de personas rezaban aquella noche el Rosario en la Plaza de S. Pedro, bajo el mosaico de la Mater Ecclesiae que él mandó colocar en lugar destacado del palacio vaticano, y que hacía patente a todos los presentes que se estaba consumando el Totus tuus como lema de su Pontificado, un grupo de profesores y estudiantes tuvimos la enorme gracia de poder vivir juntos la muerte de Juan Pablo II, a pocos metros del lugar donde había nacido el Instituto el 13 de mayo de 1981.

Como afirmó L. Melina en la homilía al Instituto a los pocos días de la muerte del Papa: “...con Juan Pablo II Dios nos ha sorprendido, realizando aquello que sólo Dios puede hacer. Como para el pueblo de Israel en camino por el desierto, ha transformado la peña en fuentes de agua. Sin dejar de ser roca, garantía de estabilidad en la fe, columna cierta del vínculo con la Tradición, al mismo tiempo Pedro, en la persona del primer Papa polaco, se ha convertido en fuente de novedad espiritual, fuente del carisma que alimenta y renueva la vida de la Iglesia. Nuestro Instituto para estudios sobre matrimonio y familia, que lleva su nombre, porque por Él fue fundado y querido, nace de esta extraordinaria combinación de dos factores aparentemente opuestos: no solamente de la fidelidad cordial al Magisterio y de la convencida adhesión a la Tradición, sino de la experiencia que la enseñanza de este Papa, de Juan Pablo II, es verdaderamente una fuente viva de inspiración: es una visión nueva, rica de perspectivas, capaz de encontrar el corazón del hombre y de fascinarlo, porque radicada en lo antiguo, es decir en la verdad originaria del «principio» y no en las modas efímeras de superficiales puestas al día. La roca es al mismo tiempo fuente: es tradición y es futuro, es memoria y es profecía”.

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5. La fase reciente

Tras la muerte de su fundador, el Instituto aparece ahora más vivo y fecundo que nunca. El 18 de enero de 2006 es nombrado nuevo presidente Mons. Livio Melina, que durante el cuatrienio anterior había sido ya Vicepresidente de la Sección Central del Instituto. De este modo, el Papa Benedicto XVI vuele a distinguir las dos figuras de Rector de la Universidad y Presidente del Instituto, lo que pone de relieve cómo, después de la muerte de Juan Pablo II, el Instituto tiene una personalidad y una misión singulares.

La fase actual está marcada por la celebración del XXV aniversario del Instituto, con el Congreso Internacional “Amar el amor humano. La herencia de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia”. En el curso de esta celebración, su Santidad Benedicto XVI concede al Instituto una inolvidable audiencia, en la que tomaron parte más de 1200 personas, entre participantes al Congreso y ex-alumnos. El discurso del Santo Padre en esta ocasión, confirma la misión del Instituto, como una reflexión sobre la verdad del amor al servicio de la nueva evangelización. Así, la fase actual viene marcada por la gran herencia recibida por Juan Pablo II y, al mismo tiempo, por el horizonte abierto con la Encíclica Deus caritas est. Esta Encíclica ha sido acogida por los profesores del Instituto como un auténtico estímulo y fuente de inspiración para su trabajo, de modo que en breve tiempo han preparado un comentario al texto pontificio, regalado después al Santo Padre con ocasión de la audiencia del 11 de mayo, traducido en tres lenguas. La vía del amor se configura, por tanto, como la vía a recorrer en la reflexión sobre el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, una vía privilegiada, porque es la vía que Dios ha elegido para revelarse al hombre y, al mismo tiempo, para que el hombre se acerque a Él.

Los retos del Instituto en esta nueva fase han sido manifestados en el discurso que el Presidente, el Profesor Livio Melina, ha dirigido a los participantes al Congreso con ocasión del XXV aniversario. En primer lugar se trata de ver la fecundidad de la herencia que el Siervo de Dios Juan Pablo II ha dejado, una fecundidad que el mismo Instituto ha explorado, organizando la II Semana Internacional de Estudio, que tiene como tema “La familia cristiana para la vida del mundo”, y que reunirá más de 200 profesores y doctorandos en agosto de 2007. En segundo lugar, se nota cómo el tiempo ha madurado para una nueva expansión del Instituto, por lo que los contactos iniciados para abrir nuevas secciones se están consolidando así como, al mismo tiempo, se han establecido nuevos contactos como por ejemplo con Corea y con algunas naciones de la Europa ex-comunista.

Como hemos podido apreciar en los breves trazos puestos en evidencia, es una historia marcada por el carisma personal del Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, que ha sabido transmitir a la primera generación de profesores y que ha sido después transmitida por estos a los alumnos y profesores que han entrado en contacto con el Instituto, formando así una verdadera comunidad académica animada por una auténtica amistad intelectual.

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