Familia y vocación

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FAMILIA Y VOCACIÓN
Gabriel Díaz Azarola
Año 2008
nº 5 • abril
 
 
 
 

En muchos seminarios y noviciados existen grupos de discernimiento vocacional. A ellos acuden chicos y chicas dispuestos a reflexionar sobre la llamada de Dios a la vida consagrada. Cuando llega el momento de la decisión, surge una inquietud en gran parte de los muchachos: «¿cómo va a reaccionar mi familia?» Ante un hijo que decide ser sacerdote o religiosa, observamos una diversidad de reacciones entre sus padres y familiares. Algunos acogen la vocación como una bendición. Otros presentan una gran oposición. Es lógico que los padres sientan el dolor por la separación de un hijo que se marcha de casa. Todos podemos comprender ese tipo de sufrimiento. Pero, en algunas ocasiones, se reacciona con una oposición excesiva, casi violenta. No hace mucho tiempo, en una cultura cristiana, era frecuente, entre los mismos padres, ofrecer a sus hijos a Dios para que los llamase a una vocación de especial consagración. Lo que ayer era considerado un privilegio, hoy es visto como una amenaza entre no pocas familias, incluso con cierta práctica religiosa. No hay duda de que las coordenadas sociales y culturales han cambiado mucho. Sin embargo, la relación entre «familia» y «vocación» no ha sido sencilla para todos



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