Presentación de Mons. Livio Melina

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El 13 de mayo de 1981, el día de una extraordinaria gracia mariana y de una misteriosa intervención de Dios en la historia de la humanidad, es también el día emblemático de nuestro origen: precisamente ese día, de hecho, Juan Pablo II había decidido anunciar públicamente la fundación de nuestro Instituto que lleva su nombre y que él quería que fuese dedicado al estudio del matrimonio y la familia. La idea originaria y la misión específica que lo identifican entre las diversas y variadas instituciones académicas de la Iglesia católica queda así vinculadas indisolublemente a la protección de la Bienaventurada Virgen de Fátima, su celestial patrona, y al testimonio de la sangre derramada en la plaza de San Pedro.

“Esta es la hora de la familia”, en la Iglesia y en la sociedad. “El futuro de la humanidad pasa a través de la familia”. Desde el inicio de su pontificado y después en el transcurso de todo su largo ministerio en la sede de Pedro, la voz profética del siervo de Dios Juan Pablo II se ha alzado con acentos apasionados para señalar la prioridad pastoral de la atención a la familia, fundada sobre el matrimonio como un ámbito en el que el amor humano encuentra el lugar para expresarse y pude así llegar a ser el santuario de la vida, la célula de la sociedad y cultura auténticas. La crisis de toda una época que afecta a la cristiandad occidental con consecuencias imponentes también en la vida de la Iglesia en los diversos continentes del mundo, tiene su epicentro en la familia. Esta crisis apenas si se interesa por un aspecto particular junto a otros, sino que afecta el mismo corazón de la Iglesia y de la sociedad, el centro del que depende la misma vida del hombre.

En verdad uno de los núcleos decisivos de la enseñanza de Juan Pablo II ha sido la íntima conexión, una verdadera “pericóresis” entre la cuestión antropológica y la cuestión matrimonial y familiar. Como hijo y discípulo del Concilio Vaticano II, no ha dejado de meditar la gran paradoja de la existencia humana evocada por Gaudium et spes: “El hombre que es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse a sí misma, sino en el sincero don de sí” (n. 24). De hecho, en su gran encíclica inaugural Redemptor hominis afirmó con palabras vibrantes: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”.

Si el amor es la vocación fundamental e innata de todo hombre, tiene la necesidad de ser iluminada por la verdad. En la entrevista a Vittorio Messori, Juan Pablo II daba testimonio de su solicitud por el amor humano: “Esta vocación al amor es, de modo natural, el elemento más íntimamente unido a los jóvenes, Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada interior en esta dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano. Éste es uno de los temas fundamentales sobre el que centré mi sacerdocio, mi ministerio desde el púlpito, en el confesionario, y también a través de la palabra escrita. Si se ama el amor humano nace también la viva necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello.” Sabía bien, además, que este cuidado, para poder hacer verdaderamente “hermoso” al amor está radicado en una paciente búsqueda de la verdad, esa verdad escrita en el mismo corazón de la persona, como una llamada íntima al don de sí y revelada plenamente en Cristo, Aquél único que revela el hombre al propio hombre y le hace conocer su altísima vocación.

Continuando este altísimo magisterio, su sucesor Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est, ha puesto de relieve la ulterior conexión entre la cuestión del amor, del matrimonio y la familia con la cuestión teológica. En verdad, “Dios se ha servido del camino del amor para revelar el misterio íntimo de su vida trinitaria”, de modo que “A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano” (n. 11). Cuando tantos otros caminos de acceso a Dios parecen intransitables al hombre contemporáneo este camino de la familia, fundada sobre el matrimonio emerge como un camino privilegiado que Dios ha elegido para revelarse a sí mismo al hombre y en este amor lo llama a una comunión en la vida trinitaria.

El Instituto Juan Pablo II fue querido personalmente por el Siervo de Dios del quien lleva el nombre con una misión de “una particular importancia para toda la Iglesia (…) profundizar cada vez más en el conocimiento de la verdad del matrimonio y de la familia”. Juan Pablo II pensaba de hecho que la acción pastoral de la Iglesia necesitaba sostenerse en una reflexión teológica verdaderamente profunda y fundamental, de carácter sistemático y al mismo tiempo interdisciplinar capaz de originar una visión orgánica. En verdad las respuestas adecuadas en el plano práctico, para adaptarse a las circunstancias de tiempo y espacio siempre diferentes y cambiantes, deben estar radicadas en una sólida antropología filosófica y teológica, en una coherente sistemática trinitaria, eclesiológica y sacramental, en una teología moral adecuada al nuevo dinamismo del sujeto cristiano, capaz de integrar las adquisiciones consolidadas de las ciencias humanas.

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La inspiración original del Fundador, el Siervo de Dios Juan Pablo II, ha acompañado los primeros veinticinco años de actividad no sólo con una serie de once intervenciones y discursos dirigidos directamente al Instituto, sino también con el patrimonio de una enseñanza magisterial de una riqueza extraordinaria, sobre todo en la serie de catequesis de los miércoles iniciada el 5 de setiembre de 1979 y concluida el 28 de noviembre de 1984. Se trata de una herencia grande y fecunda, que ya ha tenido un primer momento de profundización sistemática con ocasión del veinticinco aniversario del Instituto, pero que no cesará de constituir una fuente de inspiración y de alimentación de la investigación del Instituto. La experiencia académica de esto veintisiete años de enseñanza y de investigación, en Roma y en las distintas secciones del Instituto, ha constatado la fecundidad de la idea inicial, desarrollándola en una visión orgánica y en un proyecto académico, al mismo tiempo bien identificado en sus elementos esenciales y abierto a acoger el fruto de la investigación y del encuentro con nuevas circunstancias históricas y culturales.

Se comprende que es útil poner a disposición, no sólo de los profesores y de los estudiantes de las Secciones del Instituto y de los Centros asociados, sino también de todos los que trabajan en la vida académica, en la investigación sobre la familia y la pastoral una documentación que exprese la idea, la misión y el proyecto del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los Estudios del Matrimonio y la Familia.

 

En la primera sección, Identidad y misión, se han recogido las intervenciones más sustanciales del magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI:

 

En la segunda parte, Proyecto, se propone sobre todo un texto programático “Perspectivas de investigación y de enseñanza”, que es el resultado de un trabajo común de las distintas secciones del Instituto y acabado en el verano de 2004. Se ilustran las grandes líneas que orientan la investigación científica y la didáctica del instituto. Para terminar se presenta una bibliografía de los textos fundamentales así como una breve presentación de los mismos para introducir a la comprensión de esa visión de la persona, del amor humano, del matrimonio y la familia que caracterizan el Instituto. Obviamente no se pretende ser exhaustivo y se espera que esta lista será completada e integrada continuamente. En este sentido el texto “Apuntes para una historia del Instituto Juan Pablo II” ayuda a entender de qué modo el trabajo de los profesores del Instituto se inserta en un intento de madurar la herencia recibida de Juan Pablo II en contacto con la realidad de la sociedad.

De toda esta documentación emerge con claridad la identidad académica del Instituto: su propio objeto de estudio, la verdad del matrimonio y la familia según el proyecto de Dios; su configuración disciplinar según las cuatro grandes áreas de la antropología filosófica, la teología sistemática, la teología moral y las ciencias humanas; el método de la reflexión que se articula en la confluencia entre la Revelación divina y la experiencia humana.

Igualmente resulta clara la novedad académica del Instituto en el panorama de las realidades universitarias tanto eclesiásticas como civiles, señalada por el mismo Juan Pablo II: el de ser un único Instituto, con un único Gran Canciller y un único Presidente, pero articulado en secciones continentales dotadas de un fisonomía propia. Según el método de la pluriformidad en la unidad, el Instituto participa de tal modo con su específica configuración académica, a la misión de la evangelización y penetración intercultural propia de toda la Iglesia.

Que la Santísima Virgen de Fátima y el Siervo de Dios Juan Pablo II guíen nuestros pasos en la fidelidad y la valentía creativa, para que la misión que la Iglesia ha encomendado al Instituto a favor del amor humano, del matrimonio y la familia sea realidad.

Roma, 31 de mayo de 2007